Un buen comienzo y un buen final, hacen una buena película, siempre y cuando estén cerca uno del otro. -Federico Fellini.
La frase que encabeza esta retro reseña dedicada al genio italiano converge y se fusiona a la perfección con mi manera de entender la cinematografía. Sin duda una buena presentación en el cine o incluso en la vida de la personas asientan las bases para que una relación personal o cinematográfica tenga éxito. Pero si importante en el cine es el punto de partida, la clave de toda producción pasa por un final que sea concluyente, coherente y que resuma de alguna manera la tesis argumental de la propuesta presentada siempre que hablemos de cine que transcienda más allá del mero espectáculo. En ningún caso hablamos de que un final tenga que ser trágico, cómico, abierto o cerrado. Eso queda ya lógicamente en la libre expresión artística del cineasta de turno. Pero lo que si debe contener la finalización de una obra es la cercanía o algún punto de encuentro con lo que se nos presentó al comienzo de la narración. Y a eso es lo que se refiere el maestro italiano cuando dijo y aplicó en sus películas eso de que el comienzo y el final de las películas tienen que estar el uno cerca del otro. Cuando además, en un filme se consigue un final circular volviendo incluso al punto de partida o se reúnen a todos los personajes de alguna manera en la secuencias finales es cuando el cine luce en toda su intensidad.
La strada (la calle, el camino) es un cuento universal que recoge de alguna manera la base sobre la que se asienta la peculiar cinematografía de Federico Fellini. Me parece, además, una manera perfecta para introducirse en sus películas para quien aún no las conozca.
La historia nos cuenta la vida de Zampanó (Anthony Quinn) que es un artista ambulante sin escrúpulos que se gana la vida con pequeños espectáculos circenses por los pueblos y ciudades de la empobrecida Italia de los años cincuenta del siglo pasado. Pero para ello necesita a una compañera que sirva de animadora recogiendo las propinas que pueda obtener de dichas representaciones artísticas. Con tal motivo, decide comprar a la joven muchacha Gelsomina (Giuletta Masina) sobornando y pagando a su madre que sumida en la miseria acepta el trato para poder mantener al resto de su familia. Gelsomina, que padece algún tipo de retraso mental, emprende el viaje con Zampanó y poco a poco comienza a encariñarse de él. A su vez encuentra su vocación como artista cómica en un mundo totalmente nuevo y atractivo para ella.
En cierta manera en La strada podemos encontrar reminiscencias con el cuento de hadas francés La bella y la bestia pero cambiando enfoques, perspectivas e invirtiendo los términos de muchos de aquellos personajes. Zampanó es en esta ocasión una verdadera bestia humana pero lejos de poseer lujosos castillos, su centro de poder se asienta en un triste carromato que arrastra con una motocicleta tan desgastada como su propia vida. En contraposición, Gelsomina se podría asemejar a "La bella" por su inocencia, dulzura y buen corazón. Pero aquí es donde Fellini introduciría la mayor variante si admitiéramos la tesis o al menos el parecido razonable (invertido) con el cuento de Gabrielle de Villenueve. Y es que lejos de acentuar los valores morales de nuestra protagonista femenina adornándola de la belleza clásica de la mujer italiana, Fellini introduce a esta bella de corazón en el rostro de una actriz que desde luego era de todo menos bella. Desde luego, la apuesta es extraña en el cine y en la propia narrativa de las películas que suelen asociar las virtudes morales a la belleza femenina. Si además, el personaje de Gelsomina es interpretado por Giulletta Masina que era la propia esposa del cineasta italiano, y que es llamada en el guión entre otras cosas "cara de alcachofa", no cabe duda que la elección no es casual, introduciendo en la cinematografía generalista un nuevo arquetipo más bien utilizado en personajes masculinos, como es el de la chica poco agraciada pero de excelente corazón.
Cabe recordar que la película está realizada en el año 1954 cuando la posguerra en Italia aún causaba estragos entre la población y la pobreza se hallaba extendida en buena parte de las capas sociales del país transalpino. Aunque se podría enmarcar dentro del Neorrelismo cinematográfico italiano, en mi opinión, Fellini apuesta en La strada por romper de alguna manera con este movimiento y marcar un punto de inflexión o una transición entre este tipo de cine más social para pasar a lo que él quería expresar artísticamente a través del celuloide. Y es que el Neorrelismo venía marcado por un cine de estilo casi documental en el que se buscaba principalmente remarcar la grave situación económica italiana como se podía observar en El ladrón de bicicletas de Vitorio De Sica del año 1948 y en la que el hambre, la miseria y el desempleo eran los únicos hechos a denunciar por encima del estilo conceptual de cada artista. Es entonces cuando Fellini sin dejar de remarcar la trágica situación que azotaba más si cabe al medio rural italiano, decide apostar por volver a introducir elementos artísticos y en el caso de La estrada, hasta poéticos, para además de volver al cine como hecho artístico, introducir ya sin concesiones sus personajes tan especiales, estrambóticos, patéticos, dulces en ocasiones, amargos en otras, que lo llevaron a crear un estilo tan personal y característico.
El mundo de Fellini ya era una realidad y sus influencias llegan hasta nuestros días de manos de numerosos directores. La strada nace con vocación de ser una especie de memorándum del universo del cineasta con situaciones y personajes surrealistas, conversaciones en torno a la religión, exabruptos circenses y el propio circo como medio de expresión de sus gustos más personales. La música era otro punto de apoyo importante para conseguir transmitir las emociones presentadas en pantalla y con los compases del gran Nino Rota la tensión sinfónica estaba asegurada. De hecho el tema central de la película reseñada hoy engarza de alguna manera con el tema central de la película El Padrino que supuso para el compositor italiano la máxima celebridad entre los compositores de música de cine.
Respecto al reparto y completando la gran actuación de Giulletta Masina con su icónica Gelsomina, nos encontramos quizás con el mejor momento de Anthony Quinn representando con acierto a la bestia humana de Zampanó que más que un hombre es un animal sin escrúpulos. Este personaje sirve como contrapunto a la inocencia que Fellini buscar representar en la joven y desgraciada muchacha. Con estas dos almas contrapuestas y que como dos polos que se atraen, el director italiano busca transitar un camino de autodestrucción en un bucle de amor, odio, necesidad y ofuscación en la que la frustración/felicidad van apareciendo según las necesidades narrativas de la propuesta. Pero hay un tercer personaje en la película que sirve de nexo de unión para poder comprender estos mundos tan distintos. Se trata de "El loco" interpretado sabiamente por Richard Basehart y que es otro artista ambulante que se cruza en la vida de la pareja protagonista. Y es que probablemente una de las secuencias más importante de la película se produce en una conversación en la que "El loco" hace ver a Gelsomina que todo hombre o mujer tiene un propósito en la vida. Fellini utiliza en este caso una metáfora en forma de algo tan sencillo como una piedra, para transmitir a través del humanismo, la importancia de cada individuo como bien común de una sociedad que se corrompe por momentos.
En conclusión, La strada supone en mi forma de entender el cine una conmovedora filmación sobre el comportamiento humano con la que Federico Fellini a través de unas criaturas mágicas salidas de su propio universo sentimental nos conmina a ser mejores personas utilizando la cinematografía en forma de cuento universal.
P.D. Federico Fellini ganó con La strada el Festival de Venecia en el año 1954 en la categoría de mejor director y fue la primera película de la historia que obtuvo el Premio Oscar de la Academia en la categoría de mejor película de habla no inglesa.



